Lisboa, la dama portuguesa

Lisboa es una ciudad enigmática, maravillosa, intrigante, de belleza muchas veces incomprendida y de arte exuberante palpitando en cada rincón. Quien la ve, tiene que saber apreciarla, vivirla y respirarla, en donde la ciudad te habla de manera eufórica y también calmada, porque tiene un espacio para todo, como las vías del tranvía, que marcan las venas de la capital portuguesa, en donde viaja la vida y oxígeno que alimenta el sentir de la gente que viene de visita o que permanece a su lado.

Lisboa es bohemia, bonita, bulliciosa, briosa, bondadosa y brillante. Te dice mucho sin pronunciar palabra con sus edificios antiguos y sus fachadas de azulejos, sus colores y sus casas agolpadas y torcidas, en un interesante rompecabezas que se conecta y vibra con el reflejo del sol en el río Tajo. A mi parecer, la gente que se cruzó en mi camino fue amable, sincera, tranquila, relajada y en general de buen humor. A pesar de cualquier circunstancia, mantienen un buen trato con los demás y eso se nota y se aprecia.

Lisboa es abierta y considerada con sus visitantes, los trata bien y los invita a conocerla y pasearse por sus calles y espacios de interés, a ser exploradores curiosos y aventureros, donde no tenga cabida el miedo y las inseguridades, para así sentirnos plenos y conformes de haber hecho nuestro mayor y más provechoso esfuerzo por entender a la dama portuguesa que nos cuenta en silencio su pasado e historia.

Lisboa es Lisboa, pueden decir muchas cosas de ella y que muchas se le parecen pero la verdad es que es única y sin igual.

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